Nadar el Canal de Moloka’i… ¡un sueño hecho realidad!

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Llevamos casi 12 horas nadando pero al fin ya amaneció, faltan pocos minutos para que aparezcan los primeros rayos de sol en el horizonte. La luna sigue iluminando nuestro camino. ¡Amanece con luna llena!  La idea de nadar de día me ilusiona, nos detenemos para abastecimiento y al comenzar de nuevo escucho a Nora que grita “¡Mariel, un tiburón!”…nuevamente “¡Mariel un tiburón, está debajo de nosotras!” en un instante, el universo se detuvo…

Cuando comenzamos a nadar, a las 6:15 de la tarde del 9 de julio del 2017, tanto Nora Toledano como yo, sabíamos que sería un nado largo, que empezaríamos con el sol de la tarde y que pronto, se haría de noche. Así fue, muy pronto cayó la noche y ese mar azul en el que empezamos a nadar se convirtió en un mar totalmente negro. Apenas brillaban las burbujas que ocasionaba el movimiento de nuestros brazos al nadar y la luz rojiza que brillaba en la punta del kayak que nos acompañaba para marcarnos la ruta. La embarcación guía se adelantaba unos 600-800 metros y con el oleaje, había momentos en que no se veía. En medio de esa oscuridad absoluta, una luz tenue quería iluminar las nubes que quedaban tras nosotras en el horizonte, como de un color ámbar y a los pocos minutos, entre las nubes apareció la luna. Su brillo plateado nos acompañó toda la noche iluminando las crestas de las olas y dándole al mar un aspecto plateado que nos fue indicando el camino hacia el amanecer. Seguimos nadando, y pienso que ya llevamos doce horas, y aunque no sé cuánto tiempo falta, pienso que somos muy afortunadas de haber superado la noche, el oleaje, el mareo, el viento y está amaneciendo de la forma más hermosa que conozco, ¡amanecer con luna llena!  El mar se va iluminado con la claridad de la mañana y vuelve a tomar el tono de azul más hermoso que han visto mis ojos. Parece que vamos nadando en tinta azul transparente y en medio de esa transparencia ni siquiera vemos las aguamalas que nos han quemado como toques eléctricos y se quedan pegadas a nuestra piel provocando un dolor intenso que solo mitiga la idea de que ya nos estamos acercando a tierra, ya nos falta menos… Durante la noche, yo estuve muy mareada y tuve nauseas, nadaba entre el kayak y Nora y no logré tener un punto fijo de referencia, todo era movimiento, incluso cuando levantaba la cabeza hacia el frente para ver la embarcación guía, a lo lejos veía una luz tintineante que también se movía e incluso la luna se había movido en la bóveda celeste haciendo su recorrido, sin embargo, Nora fue muy paciente en los momentos que le pedí que nos detuviéramos unos segundos para respirar profundamente tratando de controlar el mareo. Es una gran amiga y extraordinaria compañera de nado. Cada media hora nos acercábamos a la embarcación para tomar líquido y abastecimiento y seguir nadando y en una de esas paradas, comenté que estaba muy mareada, a la siguiente media hora me diluyeron un medicamento para el mareo en mi bebida y a los pocos segundos me empecé a sentir mucho mejor.

La idea de nadar de día nuevamente me ilusiona, nos detenemos para abastecimiento y al comenzar de nuevo, pienso en que las horas que siguen, hasta llegar a tierra, voy a disfrutar cada brazada aunque me piquen las aguamalas en la cara, o en la lengua porque la noche ya quedó  atrás, porque Moloka’i, ya está muy lejos, y esa isla a la que, hace muchos años, llevaban a las personas enfermas de lepra y otras enfermedades para aislarlas del resto de los habitantes de las islas de Hawaii, y que por tanto, la isla de Moloka’i significaba, deterioro, enfermedad, soledad, abandono, muerte, desprecio, olvido, tristeza y ninguna esperanza, ya quedó muy lejos y ya falta poco para llegar a O’ahu, que significa vida, bendición y abundancia. Estoy contenta de que vamos muy bien y en ese instante escucho: “¡Mariel, un tiburón!”… qué, dónde, no por favor no, me giro para buscar la aleta en la superficie y Nora me dice “¡está debajo de nosotras!” y en ese instante quiero caminar sobre las aguas e irme corriendo pero no, no hay forma de hacerlo y sigo ahí, junto a Nora, las dos flotando cerca del kayak, buscando bajo el agua, asustadas sin saber qué hacer… Mike, el kayakista en turno nos dice, sigan nadando, y al mismo tiempo Nora propone poner otro Shark Shield en el kayak para que el campo electro magnético que provoca este aditamento, nos proteja, y seguimos nadando, eso sí, más rápido, pero seguimos nadando. Dicen que el Tiburón sedoso vino a curiosear, dicen que es parte de nadar el Canal de Moloka’i, dicen que en ese canal se vencen muchos monstruos, y uno de ellos es un tiburón y que hay que verlo de frente, a los ojos,  dicen que el mareo que provoca Molokaí es como cuando la vida te marea, hay que vencerlo, dicen que un tiburón es de buena suerte, en fín, dicen que nadar Moloka’i, te hace más fuerte y mucho más tu…. yo no lo sé, lo que si tengo cierto es que Nora y yo, nadamos en una esfera de bendiciones y cariño que nos protegió durante todo nuestro nado hasta que a las 14 horas con 28 minutos salimos del agua en la playa Alan Davis en O’ahu, con un collar de flores y un abrazo de mucho mar!